Ciudad Pegaso

Ciudad Pegaso una distopía perdida en el tiempo

14 Septiembre 2016
Descubrir Ciudad Pegaso es como hallar un tesoro, un oasis, un pueblo perdido dentro del mismo Madrid. Sus calles numeradas del uno al once aún esconden verdades poco agradables del pasado entre la amabilidad actual de sus gentes trabajadoras, amplios espacios comunales y un estilo de vida con ecos de otros tiempos.
Por David Arias.
Fotografías por Eva Vázquez.
Más allá de Canillejas y oculta entre la Nacional II y las nuevas promociones de vivienda del distrito de San Blas, se levantan 1.500 viviendas que formaron desde 1956 la soñada por Franco Ciudad del Movimiento. Esta idea de ordenación urbana y social, creada por el arquitecto Francisco Belosillo a imagen y semejanza de la sociedad utópica falangista, comienza a enterrar las cicatrices de su pasado autárquico.
Sus calles y avenidas parecen hoy un remanso de paz donde se palpa una comunión entre los vecinos labrada durante años de reivindicaciones y lucha. Hay cierto orgullo entre estos habitantes de Ciudad Pegaso, que han vivido aislados en un mundo distinto creado para vivir por y para la empresa estatal ENASA. Hoy en día es difícil encontrar pisos en venta en la zona y persisten muchos de los negocios que inicialmente se instauraron allí.
En la plaza de San Cristóbal, el único enclave del barrio sin nombre de número, la peluquería de Ángel Romero lleva desde el 56 siendo testigo del devenir de los vecinos. Fundada por su padre, este lugar es el idóneo para entender el latido del lugar. Entre anécdotas, nos dejamos llevar por la nostalgia de tiempos pasados representados por seis butacones, un mostrador de formica y un genuino barber’s pole que no han dejado que el tiempo pase por ellos. La porticada plaza en la que antaño se encontraban varios establecimientos y un centro de salud, es hoy un punto de encuentro de la gente del barrio con una terraza llena de vida contigua a la barbería.
En ella no es difícil encontrarse con Rosy, una amable vecina de 67 años que lleva 61 en el barrio. Ella ayuda al párroco actual, que lleva unos diez años en la parroquia de San Cristóbal, patrón de los automovilistas y los camioneros. Rosy es un buen ejemplo de ciudadana de Ciudad Pegaso, muy unida a su pasado y a sus congéneres. En la iglesia de corte obrero que preside la coqueta plaza, donde unos niños juegan despreocupados, nos cuenta el sinfín de actividades que se realizan en este auténtico centro social. Exposiciones de belenes o celebraciones privadas sirven para aunar el espíritu del barrio. Rosy es parte de una generación que ha vivido todos sus días en Ciudad Pegaso. Muchos de sus habitantes, ancianos ya, cuidan unos de otros y celebran juntos cumpleaños y viejos recuerdos. Rodeados de cuidados jardines que aportan una sensación de calidad de vida se percibe tranquilidad y camaradería.
Algo que también se puede observar en la frutería de Julio y Luisa con más de 40 años en el barrio. Ocupan el lugar dejado por una antigua carbonería y su encantador negocio parece inerte al paso del tiempo. Todo parece congelado en este lugar salvo las nuevas instalaciones, como el centro cultural y el centro de día que ayuda a las personas con alhzeimer, algo que se antoja fundamental debido a la edad media de sus habitantes.
Los pisos pasan de generación en generación y a pesar de los años que han trascurrido desde que Pegaso dejase de velar por su colonia, aún se mantienen las viejas fronteras invisibles que separaron este barrio en tres clases sociales drásticamente diferenciadas. La ciudad fue diseñada para albergar a los trabajadores de la fábrica más importante del franquismo que construía los camiones Pegaso. La clave era la autarquía, el aislamiento, la devoción por la empresa que controlaba la vida del trabajador 24 horas al día.
Ciudad Pegaso se crea en 1956, cuando se levantan 569 viviendas, infraestructuras, la plaza de San Cristóbal, la iglesia y los establecimientos básicos como el economato o la propia peluquería de Ángel que hemos visitado con anterioridad. En 1961 se culmina la segunda fase que deja al barrio casi con la misma apariencia que en la actualidad. La arquitectura de la zona servía para el principal propósito falangista de establecer tres clases sociales diferenciadas. Los trabajadores vivirían en régimen de alquiler simbólico; para lograr estas prebendas debían ser intachables en su relación con la empresa, debían tener familia y experiencia en el ramo. Muchos llegaron desde Cataluña para ocupar los bloques de los trabajadores, pisos de diseño racionalista y basados en ciudades jardín construidas en Europa para los trabajadores, como Wolfsburgo, creada para Wolfswagen. En estos bloques se alojaban los trabajadores en inmuebles con tres o cuatro habitaciones. Muchos observadores internacionales se acercaron para conocer de primera mano esta realidad social tan peculiar.
En las calles 1 a 5 se encuentran los adosados que alojaban a los mandos intermedios y personal de servicio cualificado, como técnicos, farmacéuticos o médicos. En otra zona se levantaban los imponentes chalets de más de 300 metros cuadrados con jardín que pertenecían a los directivos e ingenieros. Las tres clases sociales no se mezclaban. Los altos cargos tenían la Residencia de Ingenieros, un centro social lujoso con piscinas y pistas de tenis exclusivos para los de su rango. El trabajador llano se perdía en las barras de los dos bares que existían y sus hijos soñaban con jugar en el Club Deportivo Pegaso y su excelsa ciudad deportiva. Incluso los transportes que acercaban a los trabajadores a la fábrica eran distintos según la clase social. Una bomba de relojería social que mantuvo la paz durante los primeros años, a pesar de que muchos comenzaban a ver aquella forma de vida como una cárcel sin barrotes. La iglesia era el único punto de encuentro donde se encontraban las tres clases sociales fuera del curro.
La situación en los bloques era aún más delicada. En cada uno de ellos convivían sindicalistas con acérrimos de la empresa, miembros del sindicato vertical y espías. Los llamados chivatos eran en su mayoría militares que tenían la misión de adelantarse a posibles revueltas o propuestas. Mientras, el barrio permanecía ajeno al mundo en un estado de autarquía que únicamente rompía el tranvía 77, que les unía con la zona de la Alameda de Osuna. Incluso las vecinas ciudades de funcionarios, como la dedicada a Iberia, al otro lado de la Nacional II, tenían prohibido el acceso a este lugar privado. Algo parecido sucedía con Suanzes, donde los propios vecinos se negaron a que el metro atravesara su barrio.
Este aislamiento se comenzó a romper cuando ciertos vecinos comenzaron a llevar a sus hijos a otros centros escolares y dedicaban su tiempo ocio a pasear por la Alameda de Osuna. En la escuela del barrio se prestaba más atención a la educación física que al propio estudio y por eso a las futuras generaciones les resultaba aún más complicado salir de Pegaso. La ciudad era una continua devoción a la empresa, confirmada por los símbolos de Pegaso instalados en cada lugar del barrio, imperturbables a la vida de sus vecinos.
Estas situaciones un tanto surrealistas se reflejan en la película «1 franco, 14 pesetas» de Carlos Iglesias, donde un trabajador de la fábrica y residente en el barrio se iba a Alemania para buscarse la vida. Los niños de la época no renunciaban al cine, aunque no hablara de ellos. El cine del barrio se inauguró con gran éxito con la mítica película bélica «Los cañones de Navarone» y supuso un gran orgullo para sus habitantes, hasta que fue destinado a convertirse en un cuartel de la Guardia Civil. En la actualidad es un centro cultural que ha recuperado la cultura para esta zona. Los críos de Ciudad Pegaso jugaban despreocupados por sus calles, al igual que hacen hoy sus hijos.
A medida que iban transcurriendo los 60, el aislamiento iba haciendo mella y el sueño falangista de una ciudad laboral perfecta se iba difuminando entre el desencanto y un incipiente movimiento sindical. Los sindicatos y la izquierda se comenzaron a hacer fuertes en Ciudad Pegaso reclamando mejoras sociales. Su auge no cogió a contrapié al régimen, que instaló una unidad del Opus Dei en el antiguo Ateneo para controlar la situación. No obstante, las movilizaciones y algún encierro de los trabajadores en la iglesia de San Cristóbal empezaron a ser habituales.
La situación de la empresa fue variando en los 70. ENASA progresivamente se fue desmantelando a medida que el régimen franquista se iba disolviendo. Las casas de los obreros que no habían hecho efectivo el acuerdo por el que a partir de los diez años de residencia podían comprar sus viviendas, recibieron la propuesta de venta. Hasta entonces pagaban unas 550 pesetas de alquiler, algo menos en los adosados de los mandos intermedios, 375 en ese caso. Rosy tenía un piso estándar de 3 habitaciones y terraza. Se lo compró al estado por 60.000 pesetas, un coste algo inferior al precio de mercado, al igual que sus vecinos, con precios que oscilaban entre esa cantidad y algo más de 125.000 pesetas.
Finalmente, Pegaso se desentendió de su ciudad y ésta comenzó un proceso de decadencia palpable. La colonia no formó ninguna mancomunidad, a pesar de crearse varias asociaciones vecinales. Ninguna administración se quiso hacer cargo de las necesidades básicas de la zona y los vecinos, acostumbrados a que el estado se ocupase de todo, se dejaron llevar por el abandono de las zonas comunes y el caciquismo. A pesar de mítines esperanzadores, como el de Felipe González en 1978, Pegaso estaba sentenciada por los políticos. Con ella parecía que la colonia también. El propio González y el rey Juan Carlos coquetearon con Desiauto, una empresa venezolana que se hizo con el 51% de la antigua ENASA. En 1990 pasó a ser propiedad de Fiat a través de su filial IVECO. Para entonces, poco quedaba de la clasista utopía falangista. Lejos quedaban los prototipos de lujosos deportivos que hubieran cambiado el rumbo de Pegaso en los 60.
Los problemas se acrecentaron durante los años 80. Los jóvenes buscaban alternativas a la soledad y la distancia con Madrid. Se pusieron en venta varios inmuebles con precios medios de 4 millones de la época. Adolescentes como Alicia Arredondo buscaban caminos para huir de aquella claustrofóbica realidad. Esta chica de 18 años desapareció durante un año de Ciudad Pegaso hasta ser encontrada con dos disparos alojados en su cuerpo en el barrio de Simancas. En los 80 se inician también fuertes movimientos vecinales que exigen al ayuntamiento mejores estructurales necesarias. Las autoridades no parecen muy preocupadas por este paraje perdido en las afueras de Madrid y lo único que aportan son visitas de perros policía en los colegios para combatir la epidem